Los cordones de zapatos

Cuando tenía solo cuatro años e iba al círculo infantil “Mi Pelusín” correspondiente a la barriada del Mónaco, en la Víbora, mis mañanas eran violentamente apresuradas. Mami me despertaba raspando para llegar a tiempo a su trabajo y me hacía tomar una leche que parecía haber sido calentada en el mismísimo Mordor, en un vaso azul casi sin asa, por lo que era muy difícil beberla con la agilidad necesaria. Este asunto contribuyó felizmente a que comiera el almuerzo íntegro que me daban en el círculo debido al déficit de mis papilas gustativas, dañadas por las quemaduras de tercer grado que provocaba el desayuno de Saurón.

Bueno el tema no es exactamente ese. Yo esperaba paciente cada mañana a que Mami me vistiera, me empujara la leche hirviendo y me pusiera los tenis. Unos zapatos horrendos, azul oscuro y rojo con cordones amarillos. Un día, muy molesta, porque eran más de las 8:00am:

-Voy a entrar en el baño y fíjate bien lo que te voy a decir, cómo salga y no tengas abrochados los cordones tú vas a saber lo que es bueno-. Creo que no es necesario que explique el tono de sus palabras.

Entró al baño y yo, con mi flema característica, me até los cordones gracias a una técnica autodidacta que mi Mamá desconocía por completo. Ella estaba segura de que no sabía abrocharme los zapatos.

Cuando salió del baño yo, disciplinadamente, estaba lista para partir. Con una impotencia inevitable que se instaló en su rostro, no tuvo otra opción que cogerme del brazo y arrastrarme hasta el círculo. Al final nunca “supe lo que iba ser bueno”.

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Crónica de un ganglión anunciado

Hace unos cuantos meses tengo un trabajo nuevo, que hoy no se puede considerar como tal. Desde que empecé decidí retomar unos ejercicios que te mantienen desestresada, no son ni para adelgazar ni ponerse en forma, son ejercicios que te enseñan a controlar la respiración y cosas de ese tipo. Por supuesto, gracias a las dinámicas laborales no pasé más allá de unas escasas tres semanas de entrenamiento mental. Al poco tiempo noté que cuando doblaba la mano derecha salía una enorme bola que siempre pensé era un hueso. Como no me dolía, ahí siguió hasta este enero que de vez en cuando me daban unas punzadas, así por gusto, en la mano en cuestión.

ganglion de anacronica

Lo dejé correr hasta que Alfredo me convenció de que si tanto me dolía debía de hacer algo. Le dije a mis tíos, médicos ambos, y me llevaron a ver a un cirujano de hueso. El tipo me vió, me tocó la mano, y con la mía en las suyas me dijo así, como quien oye llover:

-No, pero esto es un ganglión, eso no se quita. Si te duele tanto hay que operar porque tratamiento no lleva. Si quieres para que te duela menos ponte una venda elástica a ver qué pasa.

– ¿Y con eso se me quita?

– El dolor puede que sí, pero el ganglión te lo quito yo.

– ¿O sea que al final hay que operar?

El médico con los ojos en blanco, como diciendo “esta es tonta, que no puedes más”.

-Sí mijita, operar.

Intenté que me dejara de doler. Intenté empezar a hacer algunas cosas con la mano izquierda. Todo en vano. Hoy hace más de un mes que me abrieron la muñeca para sacarme, no uno, sino dos gangliones.

El día 12 de febrero de 2018 amanecí muy nerviosa, haciendo un esfuerzo para que no se me notara, hice menos caca de la normal, fiel indicio de mi tranquilidad encubierta. Llegamos al hospital sobre las ocho de la mañana. Me pusieron unos zapatos de tela de salón. Me llamó la atención que no me hubiesen quitado los míos antes, pero callé.

Me mandaron a entrar a un baño. Detrás, una diminuta señora cerró la puerta y me quitó la ropa. No sé ni cómo le dio tiempo a desabrocharme el ajustador. “Voy a preguntar a ver si te dejamos el blúmer”, dijo con una voz muy pasiva, como si no me hubiera quedado encuera delante suyo. Me puso una bata verde salón y me dijo que sí, que podía mantener el blúmer, como si quedándome con él puesto también tuviese puesta mi dignidad. Como colofón un gorro que tapaba mi hermoso cabello despeinado. Me quitaron los espejuelos.

-A ver niña, acuéstate ahí-. Una agradable enfermera trigueña y gigante, con sus manitas llenas de pulsos dorados y anillos con piedras, me entorchó ambas piernas con vendas elásticas.

– ¿Y eso, para qué es?

-Pa’ que no te de una hipotermia.

– ¿Cuál es la mano? -. Entró en médico con sus gafas de ver de cerca en la punta de la nariz. Aunque con esa pregunta me hizo dudar que fuera el mismo que me había visto con anterioridad.

-Esta-. Dije estirando la derecha bien alto, no fuera a ser que me abrieran la que no era.

-Era broma-.

Qué gracia tienes hijo mío, pensé. Lo único que en realidad me tranquilizó fue la noticia de que no era anestesia general. Lo que yo no sabía era que la local era tan local.

-Te voy a poner la anestesia. Vas a sentir un trasteo que es inevitable. Si sientes dolor me dices y te poco más de anestesia. ¿Está claro?

-Trasteo normal. Dolor más anestesia. Entendido-. Dije y supuse que me miró, a la distancia que estábamos no lograba ver hacia donde veían sus ojos. Pusieron un trapo verde entre la mano y el médico y yo. Por gusto también.

-Ahora me respondes a todo lo que te pregunte. Dime si te duele esto…

-Sí.

-Bien. Y esto.

-No.

-Empezamos.

Era verdad que sentía un trasteo, que me cogían la mano, la levantaban la volvían a bajar, algo caliente, luego los dedos del doctor, pinzas, las manos de la enfermera, las manos de la enfermera de los anillos sobre mis pies…en fin.

-Pinga-. Un corrientazo que me dolió desde la punta del dedo anular hasta el codo me hizo gritar y decir esta palabra a la que le siguió la risa de todo el salón.

– ¿Cómo? -. Dijo el médico con una voz de asombro.

-Mire, lo siento mucho, pero me dolió cantidad.

– ¿Tanto?

– ¿Bueno usted que cree?

-Que sí, déjame ver. AH! Sí, a estos tejidos no les llegó anestesia. Más anestesia por favor-. Pidió para mi fortuna.

El salón dejó de reír y una chica, que no sé cuál era su función, me vio el tatuaje de la muñeca izquierda y comenzó a distraerme.

-Qué lindo está ese tatuaje.

Luego entró un señor, digo por la voz, como si estuviera en un puesto de agro, y empezó a hablar de un tema sobre el cual, por desgracia, yo tenía algún que otro conocimiento.

-Oye chico quién canta el Palito presidiario ese, me tiene hasta…perdón niña.

-No tiene problema-. Dije yo.

-Ella sabe-. Dijo la muchacha que me entretuvo hablando del tatuaje-. Ella los imita, te puede hacer todo un repertorio de lenguaje Radamorfa.

Ahí me quedé un poco trastocada. Quién era esa muchacha que sabe que yo hago monólogos sobre El Kokito, el Negrito y Manu Manu. “Dios mío Elvira está en todas partes”, pensé preocupada.

-Puedes acercarte por favor-. Le dije a la muchacha.

– ¿Más? -. En verdad estaba demasiado cerca de mí, pero es que sin espejuelos ya puedes ser Mami, que sigo sin poder verte bien.

Era la mujer de una pareja amiga de mis tíos que había tenido la oportunidad de estar en el cumple de mi primo Aleko cuando me burlaba ostensiblemente de la ignorancia y la vulgaridad de los defensores del Radamorfa en Cuba.

-Mira lo que tenemos aquí-. Dijo el doctor con un tono entre extrañeza y alegría. -Otro ganglión, más chiquito que el que te saqué ahorita, pero ahí está, presionando todos los nervios y tendones que le da la gana. Oye niña estás de madre. Eres productora de gangliones. Trata de cuidarte mucho que no te voy a estar operando cada seis meses, así que mira a ver…- Como si yo cultivara gangliones a propósito.

-Oiga, me duele.

– ¿Pero mucho o puedes aguantar?

-Bastante, no creo que…

-Pues te aguantas que ya estoy terminando.

-Pero…

-Pero nada, tú aguanta que cuando selle, cierro. No creas que te voy a poner más anestesia.

-Duele con cojones…

-Otro hilo y otra aguja que estos no sirven, por favor. Oye niña, que piel más blanda tienes.

-Listo.

ganglion de anacronicaY ahí el tipo selló y cerró sin anestesia. Me quitaron el telón verde y me entorcharon la mano con varias capas de gasa.

-Se va a ir poniendo roja poco a poco, pero es normal.

– ¿Qué, la gasa?

-Sí-. Con los ojos en blanco como el día de “Hay que operar”.- La herida estará sangrando hasta mañana. Ya entonces te la puedes quitar. Nos vemos en diez días para quitarte los puntos. A ver mueve los dedos, no vaya a ser que te haya jodido algo…muy bien-. Dijo después de que moviera uno a uno todos los dedos de la mano afectada.

Me levanté con el entreteto y la barriga sudados que parecía que había corrido doce pistas, de pronto, al entrar el baño de por la mañana salió la diminuta mujer del principio, me puso la ropa a la misma velocidad que me la había quitado y me dio obligado un jugo de frutabomba increíblemente frío. Y eso es todo.

FIN

Efecto Saramago

Estaba ayer en la sobremesa leyendo la edición noviembre-diciembre de CUBATRADE. Hacía tiempo a ver quién se embullaba a fregar para no tener que hacerlo yo. Papi miraba la pelota y mami estaba sentada a mi lado tomando una mermelada de mango de las peores.

En la página 72 de la revista estaba esta foto.

Y ustedes dirán: ¿y? un bulto de turistas dentro del Capitolio. Pero si se fijan bien en la parte derecha…

Me detuve a mirarme (cuando tienes la revista en la mano se ve mucho mejor)……así de pronto pensé que era yo. Pero bueno, nunca he estado en el Capitolio, que ecuerde. Se me ocurrió que esta chica podría ser mi doble y que es mi deber escribir al respecto. Claro que, El hombre duplicado está escrito y bendito sea Saramago. Pero algo tengo que hacer.

Mientras tanto ahí se la dejo. Mírenla bien.